martes, mayo 08, 2012

2012

Parte I.

Apenas llevamos 5 meses de este año y ya lo odio. Es más, lo odié desde antes de que de iniciara.

Era el 30 de diciembre. Llamaron para avisar que, una vez más, el abuelo había sido internado en el hospital. Durante los últimos cuatro años mi abuelo estuvo internado una decena de veces debido al cáncer   que inició en la próstata y se fue extendiendo por su cuerpo. En cada ocasión los doctores declaraban un diagnóstico reservado y  recalcaban que su condición era grave, pero estable. Sólo restaba esperar el desenlace, el cual, según el primer diagnóstico, llegaría seis meses después de la primera cirugía. 
Pero no fue así. 

Pasaron cuatro años de cuidados, de sacrificios, de visitas al médico, de hospitalizaciones. Casi todo el tiempo estuvo en cama, aunque en ocasiones se animaba a salir en silla de ruedas. Así pudo celebrar con nosotros algunas navidades, años nuevos, pudo conocer a algunos de sus bisnietos e incluso fue uno de los primeros en leer mi tesis de licenciatura.  Recuerdo que el primer día de 2011 mi madre me contó que mi abuelo se sorprendió al saber la fecha.

La última vez que lo vi fue en navidad de ese año. Estaba dormido, roncando plácidamente, por eso no lo quisimos despertar para darle su abrazo navideño.

Cuatro o cinco días después, mis tíos llamaron desde el hospital para avisar que era momento de despedirse. Se le practicó otra cirugía pero los médicos informaban que  su cuerpo no podría resistir más, era cuestión de horas o de días.

La Noche Vieja llegó envuelta en incertidumbre. Siempre nos reuníamos para cenar juntos en casa de mis abuelos la llegada del Año Nuevo, pero ese día ninguno tenía ánimos festivos. Aun así, sin querer, nos reunimos e improvisamos una cena amenizada por los juegos de los niños y una ronda rápida de póker que nos relajó un poco. Llegó la media noche, comimos uvas, brindamos y comenzaron los abrazos.

Los días siguientes fueron complejos. Mientra la familia se organizaba las rondas de visitas para despedirse, yo me despedía a mi manera. No quise verlo en el hospital. En cambio, me dediqué a recordar sus palabras, sus gestos, sus momentos con él, como el día que me dijo que en el rancho, en su tierra, el cielo era tan claro que podía ver cómo llegaba el año nuevo. 
Finalmente el dos de enero, casi a la media noche, mi abuelo descansó.

Al día siguiente comenzaron los preparativos para despedirlo. Era momento de hacer el mismo ritual que tantas veces he visto cuando muere algún familiar.  Acondicionar la casa: poner una cruz de cal ;un recipiente blanco con vinagre debajo de la caja; poner  arreglos florales, cirios, la caja, preparar café y comida para las visitas, acomodar las sillas; hacer los trámites para trasladarlo. Afortunadamente la familia es grande, así que había muchas manos para hacer todo.

Ese día fue el más largo y agotador. Pasé todo el día evitando ver dentro de la caja, pues quise (quiero) conservar mi último recuerdo de él dormido, tranquilo. Además, intenté contener un poco mis sentimientos, debía ayudar. Lo más difícil para mí fue intentar escribir en la cruz de metal  los datos de mi abuelo. No pude. Justo antes de la misa me fui de ahí para calmarme un poco. Una hora después alcancé a la familia en la iglesia de la colonia, celebraban la misa de cuerpo presente.
Esa noche la pasamos prácticamente en vela.

Apenas dormimos un poco. Al día siguiente debíamos salir temprano para llevar al abuelo  rumbo a su tierra para dejarlo en el mismo panteón que tantas veces visitó junto con toda su prole. Eso es lo que él quería: descansar en la tierra que, así como miles de campesinos, dejó hace treinta y tantos años para mudarse al DF.

Allá quedó. Un montículo de tierra adornado con cientos de flores, con una corona de flores y floreros improvisados con botes de plástico, tal como se hace por allá. Se veía hermoso. Pero el dolor llegó cuando nos dimos cuenta de que debíamos irnos, dar la vuelta y salir dejando ahí al abuelo, a don Chano. En ese momento nadie se pudo contener. Lloré junto a mis primos, junto a mis tíos, pero no lloré tanto como hubiera querido. 

Se fue el único abuelo que conocí. 

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