miércoles, mayo 25, 2011

Una más






Desde hace años el vínculo entre el club de fútbol y la universidad cambió.

El club de fútbol se desligó de la universidad. Para ser puma ya no era necesario ser universitario. . Con la profesionalización, los jugadores se contrataban de manera semi-independiente e incluso se abrieron las puertas a los jugadores extranjeros, pues estar matriculado en la Universidad Nacional Autónoma de México dejó de ser un requisito.

A pesar de esta situación, el club conservó la mascota, el nombre, las instalaciones, los emblemas...

Tanto la Universidad -como organización educativa- y los Pumas, obtuvieron beneficios de esta simbiótica relación.

Ser aficionado de los pumas no es exclusivo de los que alguna vez asistieron a las aulas de la UNAM; ser estudiante de la UNAM no siempre implica ser aficionados del equipo.


El dios balón une desde a los más alzados intelectuales hasta el más humilde y simple mortal.


Cuando los Pumas ganaron el partido el domingo pasado, estalló el júbilo.

Miles nos reunimos en los alrededores del mal llamado “ Ángel de la Independencia” - es una Victoria Alada.

Dicen que desde el mundial de 1970 -¿o era 1986?- el pueblo eligió ese lugar para festejar los triunfos de la selección nacional de fútbol. Pareciera que sólo las victorias en ese deporte son dignas de festejar ahí, pues ni las medallas olímpicas o algún premio internacional han provocado esas celebraciones.

Se trata de llegar, con el ánimo festivo, correr alrededor de la glorieta, gritar, brincar, mentar madres, abrazar a extraños...En fin, es, como diría Eliade, el momento de la fiesta, un momento especial que sale de lo ordinario, es desbordar las emociónes, de improvisar, Es el tiempo permisivo, donde pasa – odebería pasar- lo que en situaciones ordinarias no se podrían hacer.


Ganaron los pumas.

Las banderas, tazas, playeras, almohadas, sellos para la cara, pañuelos, todo con siete estrellas. Se puede comprar de todo para festejar.



En Avenida Reforma se cierra la circulación, en el mejor de los casos, por un instante, se permite la circulación por la lateral, pero, por lo general, la masa toma las calles... y los árboles, semáforos, postes de electricidad, automóviles.

En medio de esa locura sólo una señal consigue dar cierto orden: Puño en alto, a veces con el índice levantado, girando en el aire, chiflidito para alertar a los demás.

La señal se reproduce viralmente, aunque algunos no la entienden, los “no iniciados”. Se cuenta, en coro, subiendo y bajando el brazo 1...2...3...

Goya, goya,

cachún, cachún

ra ra

cachún, cachún,

ra ra.

Goya, universidad.


Algunos le añaden “ Laica y gratuita” para rematar, acá la ideología no se olvida.

Con el puño en alto, con bravura. Porque el Goya no se canta -o grita- a la ligera. Es la porra conjuro que lo mismo se canta en el estadio que en un aula, en una asamblea universitaria que al final de los exámenes profesionales. Un goya es un canto de guerra, porra de alegría o protocolo; es universitario y es pambolero.

Así, el domingo y el lunes me uní a los miles que salieron a las calles esperando al equipo, esperando, cual héroes victoriosos, a los jugadores del equipo. Me sumergí en la masa gritando, bailando, desahogando las tensiones contenidas.


Atrás quedaron el posgrado, la tesis, las personas,la presión...atrás quedó mi faceta de universitaria. Fui una de los miles que cantaban, festejaban a un equipo asociado a la Universidad. A una institución que, a pesar de todo, es la Universidad Nacional Autónoma de México.




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