sábado, diciembre 26, 2009

Las tres tortugas...

Hace mucho muchos años, a mi hermano le regalaron un pez telescopio, y como no teníamos en dónde ponerlo, le compramos un pecera grande, unas piedras, y un montón de amiguitos para que no se sintiera solo.

Pero nunca tuvimos suerte con los peces: Muchos de los peces que comprábamos morían muy pronto porque eran de agua dulce y la pecera era de agua salada (siempre se nos olvidaba preguntar, detallitos) o se convertían en cena de los peces más grandes.
Además el mantenimiento de la pecera con hartos cadáveres era muy tediosa (aunque algunos de los peces se encargaban de reducir el cadáver a comida) y casi nadie quería hacerlo porque la pecera estaba en un espacio entre la cocina y la sala y se convertía en un show.
Es más,cuando murió el último pez pasó más de un mes para limpiar esa agua sucia, y preparar el lugar para tres nuevas inquilinas: Tres tortugas japonesas. Sí, de esas lindas tortuguitas que se ven amontonadas sobre los troncos en todas las tiendas de mascotas.
Se ven preciosas, y eran muy simpáticas cuando nadaban a toda velocidad a todo lo largo de la pecera. Pero las condenadas crecieron y crecieron hasta convertirse en enormes reptiles mordelones (y vaya que duele una mordida de las condenadas) que apenas caben en ese espacio.
Mantenerlas limpias es igual o más tedioso que a los peces, pues ensucian mucho y su agua puerca huele a amoniaco, por lo que apestaban la casa y fueron enviadas al patio. Aún apestan, pero ya no se mezcla el olor con el olor de la comida, además, es más sencillo limpiar.
De vez en cuando las saco al sol pero siempre corro el peligro de perderlas porque se escapan de su tina y se esconde...Justo eso me pasó hace unos días cuando se escaparon dos de la tina. Una de ellas estaba debajo de una maceta, pero la otra no se veía por ninguna parte.
Después de buscar en todos los rincones del patio, no me quedó más que buscar entre las plantas algún indicio de tierra removida..y me dí cuenta de que tantos años de ver programas forenses no sirven para nada en situaciones como esta. Por suerte mía, la condenada tortuga no cubrió bien su caparazón y logré ver un espacio entre las hojas, y sí, ya había empezado su periodo de hibernación, y sólo despertó cuando entró en contacto con el agua tibia de la pecera.
A pesar de que son muy latosas, y de que en varias ocasiones mis papás me han insinuado que las tres gorditas estarán mejor en un lago, no me animo a regalarlas o deshacerme de ellas, ya me resigné a que las condenadas serán la herencia para los hijos de los hijos de mis hijos.

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