lunes, noviembre 16, 2009

¿Uno? ¿Dos?

¿Podría una persona confundir a la pareja con otra?
¿Y si se presenta alguien diciendo ser la pareja que se fue hace años?

En una de las clases analizamos un texto de Natalie Davis, es sobre un curiosísimo caso de usurpación: Un hombre deja a su familia, se va durante años, vive mil y una aventuras, pero años depués regresa a su pueblo natal en el momento justo cuando alguien con su mismo nombre, incluso con su misma familia, era juzgado. Ese otro hombre había llegado años antes y, presentándose como Martin Guerre, tomó una nueva vida.

Muy extraño, ¿no les parece? Bueno, estamos hablando de un poblado rural de la Francia del s. XVI, en donde no había retratos, pocos sabían leer y escribir, en donde la guerra envejecía pronto. ¿Cómo saber si alguien era quien decía? En todo este embrollo, los comentarios más mordaces han sido contra la esposa pues, varios de mis compañeros comentan, es casi imposible que una mujer confunda a su propio marido, más allá de lo físico, en lo sexual, razón por la cual ella era cómplice del engaño.

A parte de pensar en las posibles razones que tuvo esta mujer para callar o soslayar el embuste, recordé las miles de historias similares: Las mujeres migrantes.
En la recreación de Davis, se enfatiza el anhelo de un marido, de re adquirir un estatus social que sólo podía dar un hombre, como alicientes para que ella siguiera con el engaño. Ahora, en el siglo XXI, los hombres se van para el otro lado, pocos llegan, pocos regresan; pero las mujeres, las que se quedan, tienen que arregláselas de algún modo, tienen que seguir con su vida y, algunas, mantienen la esperanza de que el hombre regrese. ¿Podrán existir modernas Bertrande capaces de confundir al marido con algún otro forastero que le conozca muy bien? Por supuesto, existen otros medios para identificar a una persona, pero, ¿Ese anhelo por los que han partido podría hacer que esa prodigiosa historia del impostor, se repita una y otra vez?
Historias de migrantes conozco varias, varios de los vecinos de la colonia han migrado, y muchos de ellos se reencuentran por allá; así he escuchado del sujeto que se iba a casar acá y no llegó; o la chica mormona que falsificó papeles para traer a su hijo diciendo que era madre soltera.
Sin embargo, mi favorita sigue siendo la del señor que se fue, que dejó a la señora con varios hijos. Al principio enviaba dinero, los ansiados dólares, y después de algún tiempo dejó de hacerlo, uno de sus hijos o un vecino, bueno, alguien, se enteró que ese señor tenía otra mujer. La señora de acá, la de los hijos, hizo coraje, berrinche...y siguió adelante, se olvidó de s uaún marido. En cambio, el señor con su nueva pareja intentaron formalizarse y reproducirse, pero tuvieron varios problemas, hasta que un médico les confirmó: El señor era estéril, así que la nueva pareja lo dejó.

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