lunes, septiembre 10, 2007

A veces


Viajar por el transporte público se convierte en toda una aventura.
¿Quièn no sé ha sentido Indiana Jonhes mientras viaja colgado de la puerta agarrado con una sola mano?
¿Quién no ha dormido los mejores coyotitos mientras se viaja recargado a la ventana?
¿Quièn no se ha reído del tipo de enfrente que viene pegándose trancazos olímpicos en el tubo?

Viajar en el transporte público pero privado es toda una aventura a la que uno tarde o temprano termina por acostumbrarse. Bueno, a algunas cosas como al viajar en las escaleras del microbús, dormir ahí o dejar que el metro seque mi cabello.
A lo que no termino de acostumbrarme es a ver a las chicas maquillándose en el transporte: desde las que empiezan el ritual agitándo la base y aplicándosela mientras se miran por un microespejo; luego viene la enchinada de pestañas desde las más tranquilas que usan un enchinador o cuchara hasta las más extremas que ¡usan tijeras abiertas!, claro, luego biene la eterna aplicación de rimel...1 pasada, 2, 3,4,5... y luego a separarse las pestañas pegadas con un alfiler, todo este ritual es acompañado por la boca abierta. Si logran terminar este paso si perder un ojo le siguen con el polvo compacto, la típica esponjita de Angel Face embarrada varias veces para que el rostro parezca polvorón ( y cuidadito si alguna estornuda porque llena el ambiente de una nube de polvo). Para algunas todo el asunto termina ahí, para otras es la mitad del recorrido pues aún falta poner la sombra de ojos y el delineador pasando el lápiz varias veces por el lagrimal, igualmente con la boca abierta en perfecta O ¿Para qué sirve abrir la boca? ¿Será que tiene el mismo efecto mágico que el sacar la lengua para ensartar una aguja? Bueno, eso lo entiendo para pintarse los labios, pues no debe quedar exceso de "bilé"(sic.) o brillo, aunque eso no evita que varias lleven una coqueta mancha de labial en los dientes...¡uy que sexys!
En el mejor de los casos las chicas ya van peinadas, si no, también está el ritual de cepillarse o deserredarse el cabello salpicando a los vecinos, o la seño que lleva los tubos en el copete y que decide peinarlo con una "ligera" aplicación de spray (adiós a la capa de ozono).
Otra cosa a la que no me acostumbro y espero no hacerlo jamás, es al excesivo contacto con otros pasajeros, especialmente cuando ese contacto es, no sólo invasivo, sino sumamente desagradable y denigrante. A veces el contacto es inevitable, hay mucha gente, todos vamos apretados hasta el punto de no poder ni respirar sin empujar a alguien. No obstante, hay ocasiones en las que los asquerosos tipos que van parados se te van pegando, van dizque jugando con las manos o alegando sostenerse de los tubos para pasar las manos....¡uuuugg!
En un par de ocasiones me han molestado mientras vengo sentada del lado del pasillo. Es horrible, te sientes denigrada a un objeto, además, siempre existe la incertidumbre si esos "Tocamientos" son verdaderamente libidinosos o parte de la inercia por la gente, el movimiento del microbús... y te quedas ahí, moviendo la mochila, poniendo la chamarra como barrera esperando que el tiempo pase más rápido, que todo eso acabe pronto y quede en un amargo recuerdo.



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